Epicentro de la resolución de conflictos

OMAR FERNÁNDEZ
Días atrás con­versaba con al­guien, a quien suelo tratarle temas de políti­ca internacional, democracia en el hemisferio y geopolítica.

Durante nuestro debate, re­cordábamos la reciente posición oficial adoptada por la Repúbli­ca Dominicana frente a los suce­sos políticos que acontecen en Nicaragua, hecha pública a tra­vés de la Cancillería.

Me refiero a la realidad que vive dicho país, en el cual, la de­mocracia se encuentra en un evidente estado de fragilidad, debido a las recientes acciones ejecutadas por el Gobierno con­tra líderes opositores.

Veo con mucha preocupa­ción como más de siete ciu­dadanos, que han intentado ejercer su legítimo derecho de aspirar a la presidencia, han terminado encarcelados por distintas razones, pero todas con un común denominador: representan una alternativa al actual mandatario del país centroamericano.

Esto demuestra que existe una profunda desconexión en­tre los principios de un Estado de derechos moderno y las de­cisiones que ha tomado el presi­dente Daniel Ortega.

Las instituciones en Nicara­gua se han debilitado, y eso sue­le suceder cuando quienes de­tentan el poder no comprenden los linderos que limitan su ejer­cicio. El poder es pasajero, mo­mentáneo y coyuntural, sin em­bargo, es lamentable como este tipo de fenómenos se hacen ca­da vez más presentes en Améri­ca Latina.

Es lógico pensar que no se puede estar de acuerdo con es­tas acciones, como tampoco ha­bría esperado que el Gobierno dominicano respaldara actua­ciones a todas luces antidemo­cráticas.

Sin embargo, una cosa es la posición personal, y otra muy distinta es la postura oficial de Estado ante la comunidad inter­nacional. Es justo ahí donde, a pesar de coincidir con el Gobier­no dominicano, no comparto la forma en la que se procedió so­bre el particular.

Digo esto, ya que estoy convencido de que Repúbli­ca Dominicana tiene una cla­ra vocación de convertirse en el epicentro de la resolución de conflictos en Latinoamérica y el Caribe. Sinceramente, pien­so que podríamos lograr mu­cho más frente a la comunidad internacional, definiendo una política de neutralidad diplo­mática, que permita ofrecer­nos como sede para una cum­bre en la que participen los países del hemisferio, Nica­ragua incluido, y juntos, me­diante el diálogo arribar a so­luciones que fortalezcan la institucionalidad, la transpa­rencia y la democracia.

Basta con recordar como en el año 2008, durante la XX Cumbre del Grupo de Río, ce­lebrada en Santo Domingo, nuestro país fue bautizado co­mo “La Capital de la Paz’, lue­go de que nuestro Gobierno lograra mediar en una pro­funda crisis que afectaba a Ve­nezuela, Colombia y Ecuador. Ese acuerdo, que fue sellado con un apretón de manos en­tre los entonces Presidentes Álvaro Uribe, Rafael Correa y Hugo Chávez, evitó un conflic­to armado en ciernes.

Si como país hubiésemos promovido un diálogo regional, hubiésemos extendido el título de Capital de la Paz hasta estos tiempos, colocándonos una vez más en el epicentro de la resolu­ción de conflictos de nuestra re­gión.

Creo que tenemos tiempo y la oportunidad de hacerlo, aún albergo la esperanza de que es­tas modestas líneas encuentren espacio en la consideración de las autoridades nacionales, si las consideran oportunas.