OPINIÓN: Los Ejércitos y las Bandas Criminales, ¿qué plan siniestro hay detrás?

Cuando se escribe acerca de estas cosas que trato hoy lo aconsejable es tomar en cuenta las referencias de cómo han podido ocurrir en otros lugares y otros tiempos.

Me refiero a la aparición de bandas criminales  en capacidad de controlar áreas importantes del territorio, que es uno de los fenómenos más destructivos que puedan aparecer como principio de desintegración de cualquier Estado.

La autoridad, al mermar su presencia y potestades, emprende un descenso hacia la desaparición que resulta catastrófico para la conservación de la integridad del Estado como tal y la descomposición que ello irá entrañando será mortal a todos los fines.

De ahí es que apene tanto saber de que políticas públicas tan sensitivas como la  cuestión del papel eventual de los ejércitos, sean maltratadas por muchos círculos de poder forjadores de opiniones.  Por eso se oye hablar de su inutilidad y prescindencia con ligereza, cuando no con desprecio.

Lo más fácil es menospreciar en tiempo de paz los ejércitos.  ¿Para qué sirve ésto? Es la pregunta que con más frecuencia se propone.  Se va más lejos y se afirma que, en realidad, son carga agobiante e innecesaria que lo único que han hecho es tiranizar a los pueblos con sus lóbregos jefes.

Por ese camino de euforia y desdén se van muy lejos los confiados ciudadanos de la paz democrática.

Desde luego, preciso es decirlo, en otras partes del mundo  se respetan y conservan otras apreciaciones.  En gran modo, se les coloca a los ejércitos como ejes gloriosos de su historia; es más, los grandes poderes de la tierra los exhiben y esgrimen como prueba de su  fuerza insuperable.

Sin embargo, debo contraer mi propósito de hoy a referirme a las trayectorias de los ejércitos en los Estados que ocupan la isla de Santo Domingo.  Desde luego, sin dejar de pensar lo que puede ocurrir en pueblos parecidos al nuestro, en cuanto al papel de sus ejércitos, por lo que debo prevenirles que se trata de un tema espeso y son muchas las maneras difíciles de abordarle; propiamente les corresponde hacerlo a verdaderos especialistas.

Hoy, sólo por hoy, quedémonos en  la isla, sin desconocer eso tan crucial para toda la región, pues los papeles eventuales a representar por sus ejércitos no son descifrables; me refiero a México,  Cuba,  Venezuela, Colombia y toda Centroamérica, que son y serán, aún más, escenarios de acontecimientos presentes y posibles de dimensiones capaces de repercutir a escala mundial.

Ahora bien, en todo caso, en los territorios de algunas de esas naciones hermanas, como en el insular nuestro, ya está operando con creciente fuerza una especie de ejército secreto, cuasi invisible, no revelado plenamente; resulta muy  peligroso y hay que admitir que obra con las habilidades de la carcoma, que tanto sabe corroer en silencio.

Es por todo ello, que no se puede generalizar el enfoque.  Cada Estado de la región es caso aparte, pero se podría pensar, no obstante, que tienen ese componente común de riesgo:  El Crimen del Narcotráfico Internacional, que  lo supo muy  a tiempo  y donde pudo se infiltró y se hizo parte del poder, así como en otros  se está preparando para ser poder, directo e indirecto, por su propio esfuerzo y su oscuro concurso.

Es muy complejo el asunto, nadie lo dude.  Por ello es bueno dedicarle atención cautelosa a cada experiencia.  Comencemos, pues, por la nuestra, citando a Winston Churchill, cuando dijera: “Los americanos terminan haciendo las cosas bien, pero sólo después de haber intentado las otras maneras de hacerlo”.

En efecto, lo de Haití y nosotros es un campo propicio para el buen ejemplo de prueba de lo acertado de la murmuración  de aquel  hombre, hijo de madre norteamericana, cuando procuraba animar al “gigante dormido” a que ingresara a la Segunda Guerra Mundial.

Pues bien, los norteamericanos nos invadieron en los años ´15 y ´16, respectivamente, cuando ya la Primera Guerra Mundial estaba mostrando sus secuelas terribles de azote y que no era una guerra breve, sino la gran guerra que costaría millones de muertos.

Las ocupaciones militares fueron distintas en el tiempo y en las expectativas.

De la nuestra salió una organización militar que quedaría en condiciones de alzarse contra “cualquier intento democrático, debilitante  y frustratorio”.  La previsión fue siniestramente certera.

Sin embargo, la estructura militar sobrevivió, luego de desaparecer la opresión treinta años después y se le vio servir a  fines diversos, desde  derrocar  al gobierno democrático del año ´63, hasta dividirse para defender en guerra  civil  la Constitución  desconocida, determinando otra intervención militar norteamericana de corto tiempo.

Mal que bien, con sus luces y sus sombras, los dominicanos hemos logrado defender  nuestra democracia y sus ejércitos han permanecido consecuentes con sus empeños.

No ocurrió así en el vecino Estado.

Las diferencias entre las ocupaciones militares fueron palpables, no sólo en tiempo, sino en consecuencias.  Lo de aquí, tras un breve sueño democrático  de seis años que lo envenenaran las ambiciones de prorrogarse y ese tercio de siglo de durezas impuestas por el despotismo, teniendo al ejército como su vital instrumento.

Lo de allá, en cambio, después de un prolongado periodo de intentos democráticos, sobrevino una tiranía, también sin nombre, encabezada por un médico que bastaría recordar sus crueldades con un ejército en segundo plano, pues  la sanguinaria opresión estaba a cargo de siniestras fuerzas de irregulares de inmenso poder, que sólo servían para mantenerlo en forma vitalicia y perpetuarlo en su sucesión con un heredero adolescente, con los mismos patrones de control y dominio sanguinario conocidos: el ejército languideciendo en una decadencia que no desperdiciaría el Crimen de la Droga que se infiltró y realmente se apoderó de sus mandos y filas.

En nuestras Fuerzas Armadas, al contrario, se ha conservado bastante una escala de valores notable y se vio  en aquello de que, a pesar de ser ariete para derribar al ensayo democrático del ´63, tan sólo dos años después se supo rebelar, desgraciadamente divididas, en procura del restablecimiento  de la Constitución desconocida.

Así fue como se conservaron el honor y la honra de nuestras Fuerzas Armadas en sus tres ejércitos, al grado de que se enalteció su papel, dándoles rango constitucional, más allá del clásico mandato de velar por nuestra soberanía, integridad del territorio e independencia; se les hizo  también responsables de defender la República frente al azote del Narcotráfico Internacional, atribuyéndoles funciones como éstas que reproduzco:

CAPÍTULO III DE LA SEGURIDAD Y DEFENSA  Artículo 259.- Carácter defensivo. Las Fuerzas Armadas de la República, en el desarrollo de su misión, tendrán un carácter esencialmente defensivo, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 260. Artículo 260.- Objetivos de alta prioridad. Constituyen objetivos de alta prioridad nacional: 1) Combatir actividades criminales transnacionales que pongan en peligro los intereses de la República y de sus habitantes; 2) Organizar y sostener sistemas eficaces que prevengan o mitiguen daños ocasionados por desastres naturales y tecnológicos.

Al Ejército de Haití se le deprimió y se le dejó  descompuesto por el médico dictador vitalicio, mientras el nuestro ha sido  respetado, en un nivel que basta un ejemplo para probarlo: Uno de sus jóvenes oficiales ocupa un nicho en el Panteón de la Patria, junto a sus grandes héroes y próceres.

Perdonen que no pueda seguir diciendo otras cosas, no menos evocables, como gloria de nuestros soldados, pues el espacio me lo impide.

Pero bien.  Entremos al presente.  Quiero hacerlo con un señalamiento de algo que podría suponer una extrapolación exagerada.  Quiero hablar brevemente de lo decisivo que ha resultado una política pública internacional desastrosa por obra de un presidente norteamericano, cuya autobiografía resulta fascinante, Bill Clinton, escrita bajo el título Mi Vida.

Después de terminar su lectura, me dije:  No hay otro político vivo en Norteamérica con la inteligencia de este hombre.  Sin embargo, fue en sus confesiones donde encontré la explicación más clara de todo ésto que se ofrece como umbral de una inminente tragedia histórica: la supresión del Estado Nacional República Dominicana,

Dejo para otra oportunidad comentar aspectos de esa autobiografía relacionados con la extraña, pero potente, devoción de Clinton por Haití.  Aunque debo decir que en once de sus páginas hace menciones sintomáticas de porqué pudo llegar al error catastrófico de eliminar, en lugar de reorganizar, el Ejército de Haití.  Su apasionada preferencia por Aristide resulta increíble, sobre todo en él, que tenía a mano toda la información mejor, acerca del Narcoestado en el cual se libraba una lucha de poder entre Carteles de la Droga, donde su “Padrecito” no era un manso confesor espiritual.

Tengo que detenerme para citar de nuevo a Churchill.  ¿Era Clinton quien estaba en los desaciertos previos que han bloqueado en forma irremediable hacerlo bien, tal como lo proclamara el guía de la Segunda Guerra Mundial?  

Lo cierto es que el enorme descrédito de aquel ejército sirvió para dar paso al deterioro integral definitivo de Haití, cuya descripción hoy no es necesaria porque ya abruma a todo el  mundo con sus falencias.

Si el talentoso presidente  norteamericano le hubiese echado una ojeada siquiera al paso de Franklin Delano  Roosevelt  por la isla, siendo Viceministro de Marina , en los tiempos de ocupación  militar en la isla, otras hubiesen sido sus perspectivas.  Así hubiera podido comprender porqué la nuestra fue de ocho años y la de ellos de veinte; porqué nuestra afición al béisbol,  que hoy se la devolvemos con nuestras estrellas formidables para su deleite y admiración; porqué el fútbol de Francia fue el deporte para los otros, y para el Cuartel, la formación utópica en la Academia de Saint-Cyr.  Sabría entonces porqué eran inútiles las puertas abiertas al sistema democrático.  Allí se encontraba una población difícil de inducir hacia esos ideales.

No estaban ni quedaron preparados para desarrollar instituciones y ésto era algo que se vio desde su Independencia, cuando su tendencia de restablecer Imperios con sus propios bárbaros fue la impronta diferencial del resto de América Latina.

El hecho es que desde el tiempo del médico dictador el Crimen Organizado se aposentó en aquel erial, y en el Senado norteamericano reposan las pruebas de ello, ofrecidas por testimonios de las más importantes Familias de Cosa Nostra.

Era el tiempo en que se realizaron las espectaculares  experiencias de investigación lideradas por el Senador Kefauver, en las cuales participara aquel brillante Senador que fuera John F. Kennedy, allá por el año ´57 del pasado siglo.

Es fácil imaginar  lo que ocurrió luego, para la conversión en un Estado fallido creciente, hasta llegar a ser un peligroso Narcoestado, en capacidad de generar todos estos escandalosos espectáculos de un presidente muerto en su aposento y ciento cincuenta y cuatro bandas criminales Confederadas, controlando un setenta por ciento de su territorio, autoras de seiscientos secuestros en sólo un año, incluso, el delicadísimo de diecisiete misioneros religiosos, ciudadanos norteamericanos y canadienses.

Tal es el cruce de caminos entre sus bandas criminales y nuestras Fuerzas Armadas.  Naturalmente, contamos, además, con el glorioso ejército que es nuestro pueblo, cuantas veces de defender su independencia se trata.

La situación es tan explosiva y obvia que sirve para conocer mejor las diferencias irreductibles que existen entre  los ejércitos y las bandas criminales, algo que no quisieron  calcular  la Geopolítica y la traición doméstica.

Allá, el caos chorreando  sangre y desorden, y aquí, junto al  régimen democrático y su estado de derecho, con sus ejércitos obedientes a su Constitución, es lo que nos deja apreciar mejor porqué se pudieron producir iniciativas tan perniciosas como éstas: Un Presidente Clinton demandando la concesión del establecimiento de diecinueve campamentos de refugiados de veinte mil habitantes cada uno, que fuera rechazada por un valeroso gobernante nuestro, ciego y anciano, y luego, la aceptación bandidesca que le diera la traición de Danilo Medina, al colmo de consentir y estimular  la invasión insidiosa de la migración ilegal, tanto de vientres, como la física, mediante el derrame demográfico, buscando crear minorías importantes que puedan eventualmente servir para la consumación de su meta, preciso es repetirlo: la desaparición del Estado República Dominicana como tal.

Tendré necesidad de diferir mi esfuerzo de hoy, porque hay otras cosas muy importantes qué citar y he preferido dejarlas  para abordarlas en el tiempo de La Respuesta de este fin de semana y La Pregunta del miércoles 24 de noviembre.

Pero, debo formular, como siempre, mis preguntas:  ¿Creen ustedes que las bandas criminales de Haití constituyen un peligro enorme para la paz de la isla?  ¿Quién, o quiénes, han provisto armas tan modernas y han podido apoyar aquella desgarradora caravana de decenas de miles de haitianos desde Chile hasta Texas?  ¿Acaso no será todo parte de un plan horrible que busque precisamente el quebrantamiento de la paz en la isla y quedar en condiciones de hacer entonces una brutal intervención militar multinacional en todo su territorio?El cinismo descarado de ONU así lo está reflejando en los últimos momentos.

Pero, esos serán temas a desarrollar, como dije, y mientras tanto sigamos confiando en la Divina Providencia para guiarnos en estas vicisitudes terribles en que nos encontramos.