¿Qué hacer con las protestas?

¿Qué hacer con las protestas?. El reclamo social constituye la pieza por excelencia para perturbar la gestión gubernamental. Atrás quedaron las demandas marcadas por los componentes ideológicos, y poco importan las ventajas políticas de fuerzas opositoras, porque lo innegable es que los niveles de crecimiento experimentados en un porcentaje de las economías de la región mantienen en la pobreza a núcleos ciudadanos de bastante importancia.

Como de costumbre, la noción de progreso no llega a todos. Así la exclusión toca las puertas de franjas que podrían discrepar respecto del sentido de sus simpatías electorales, aunque las desigualdades estructuran coincidencias alrededor de servicios básicos ineficientes, empleos sin calidad y salarios insuficientes. Y los puntos en común alrededor de aspectos sociales y falencias históricas validan espacios de identidad que postergan diferencias partidarias, dándole validez a las demandas, casi siempre, socialmente justas.

La tragedia es que los gobiernos entienden del estallido social y la ira de los excluidos desde el instante que les explota. Por eso, las estrategias de comunicación oficial y alquilar líderes de opinión, posponen la verdadera solución al asumir una receta de carácter coyuntural, olvidándose lo trascendental y estructural de las exigencias. Es innegable que las comunidades han sido abandonadas por años, y promoviendo intervenciones cosméticas se desdeñan los actores fundamentales en el barrio, patio y callejón.

Resulta de mayor utilidad, el testimonio del joven deportista que anhelaba la cancha construida por el Gobierno, la mejoría sustancial de las calles cuando se asfaltan, equipar el hospital, mejorar la escuela, pero el errático abordaje colocan al funcionario en el corazón de la “promoción” a las respuestas comunitarias que, tendrían un verdadero efecto positivo, en la medida que los ciudadanos del sector se convierten en la materia prima de resultados favorables.

El PRM posee herramientas de cercanía con los sectores populares y está en ventajosas condiciones para identificar los conflictos y tomar las precauciones de lugar, siempre y cuando el aparato partidario sirva de correa de transmisión en las urgencias de las comunidades. Por eso, en cada localidad la maquinaria institucional articulando respuestas en el orden de las necesidades de los ciudadanos, resulta de mayor efectividad que la del clásico funcionario. De paso, no propongo que el partido sustituya lo estrictamente institucional, sino que desde el corazón de las comunidades, los dirigentes poseen una mayor cuota de conocimiento de su drama.